Relato sobre las reflexiones de la mujer maltratada
Olía a café recién hecho, como todas las mañanas. Junto a la rutinaria cafetera, hervía hoy un poco de agua que se entretenía, regocijante, en regurgitar descomedida en el chorreante cazo. Necesitaba una tila.
Absorta en el continuo burbujeo de ese insípido y caliente líquido vital, esperaba agonizante el despertar resacoso. Cada borbollón rebosante explotaba en ella como si el agua no ardiese en el cazo sino en su propio estómago.
El vapor ya impregnaba cada rincón de la cocina, libre, espontáneo, antojadamente desenvuelto en un espacio que lo amoldaba. Ella no era agua. Ella no era vapor. Ella no lograba pulular libre ni sucumbir al antojo. Cada milímetro mal medido provocaría irrevocable un cárdeno matiz en su amoratada piel.
Celosa y metódica, se esmeraba en adecentar su único par de zapatos. A pesar de lo viejo y raído, sus botines recibían los cuidados del primer día, ese esmero que los había mantenido impecables tras los senderos rocosos de su modesta vida. Sin embargo, los nuevos tiempos le sonreían y le exigían con ellos un nuevo estilo, y con su primer sueldo, caminó airosa hasta la zapatería más barata. El olor del plástico acharolado le impregnó el alma. Si la calidad se rompía al primer pisotón, la vistosidad y el bajo precio incitaron a la compra. Tras el estreno inmediato y el fulgúreo exhibicionismo que prosigue a lo que acaba de nacer, se fue a dormir agotada. Esa noche, la primera en varios años, la despreocupación de la abundancia hizo que sus nuevos zuecos dormitaran embarrados a los pies de su cama. Esa noche, la primera en muchos años, lo antiguo y lo flamante se olvidó soñoliento sin el cuidadoso respeto de la exclusividad.
