La confusión entre los conceptos “Arte” y “diseño” ha provocado la pérdida de la esencia y finalidad de la sociedad. Una reflexión sobre las diferencias entre ambos términos y las causas del dilema generado.
Más allá de específicas connotaciones religiosas, el hombre manifiesta en su hacer un dualismo intrínseco. En su ser en sí, el humano es caminante, viajero incansable en la búsqueda de su “ yo”. De esa autoperfección infinita, esa realización personal, se desprende la necesidad de lo externo, del objeto, como fuente que cubre esa insatisfacción perenne. Como diferencia básica para con el género animal, el hombre crea para cubrir su eterna carestía. Los objetos últimos de su creación complementan su ser dualen dos direcciones: la material, que se muestra a través del anhelo del instinto; y la inmaterial, cuya manifestación y cobertura atienden a las más diversas índoles. En uno u otro camino, el fin es el mismo, inundar el vacío del sujeto con la realidad exterior.
En la creación de la humanidad, apreciamos su evolución como género. Se atisba perfeccionamiento en el paso de un primer buril a una estación espacial; de una pintura rupestre a la consolidación del cine; de un lenguaje primitivo a la aparición de internet. Todo lo creado, entonces, atiende a fines de progreso material o psíquico. Aparecen aquí dos vertientes del progreso: la objetiva, que es material y generalizada en cuanto el hombre necesita del medio para subsistir; y la subjetiva, particular, propia del individuo y su psique. La necesidad objetiva precisa, así, de objetos que resuelvan sus problemas tangibles; la subjetiva, de elementos que despierten la conciencia individual. Por tanto, el humano genera dos tipos de creaciones.
Dualismo mente-cuerpo: la satisfacción espiritual y material
Cuando el hombre atiende a sus necesidades materiales, se enfrenta a problemas de dominio del medio: quiere cultivar, pero necesita mecanismos de riego y poda; quiere cazar, pero está indefenso ante la bestialidad animal; tiene frío; anhela comunicarse… Dotado de una masa cerebral que lo diferencia del resto de seres y manos prensiles, el ser humano se enfrenta a la naturaleza. Y la domina. Sólo ha necesitado diseñar objetos para imponerse. Así, en su proyección de elementos de dominio prima la utilidad. El hombre diseña, proyecta y construye objetos como medio de resolución de los problemas que la realidad externa le supone. Los objetos no tienen por tanto un fin en sí mismos, son en cuanto su utilidad, su finalidad, su servicio. Es esta la esencia del diseño.
Sin embargo, tan pronto como el hombre satisface su instinto, aparece en él la autoconciencia, la cognición de su “yo” y, como eterno caminante, el vacío espiritual le persigue. Las preguntas lo asfixian y, de nuevo, pretende encontrar en lo externo aquello que cubra su anhelo. La humanidad ya domina la naturaleza pero aún se encuentra perdida en la esencia de su ser. El hombre que pretende dar respuestas se percata de la imposibilidad de objetivar lo que, por definición, es subjetivo, y crea un nuevo tipo de objeto: el Arte. El Arte, entonces, es en cuanto se dirige al sujeto, en cuanto no se objetiviza. Es un ser en sí.
Diferencias entre arte y diseño
Concebimos entonces diseño y arte como dos productos independientes en cuanto responden a necesidades distintas. Difieren en su finalidad: el diseño crea para servir a un fin específico del que es producto y sin el que carece de sentido; el arte es un fin en sí mismo, pues interpela a su público en su contemplación estética. Son distinguibles en su materialización: el diseño crea objetos que son en cuanto a su materialidad; el arte es en cuanto apela al espíritu. Contrarios en su concepción: mientras que el diseño es objetivable, ya que las necesidades materiales son iguales en el conjunto de la humanidad; el arte es metáfora, ambivalencia, puesto que el individuo interpreta según su subjetividad. Disciernen en su valoración: el diseño es reproducible en la medida en que sirve al conjunto de la humanidad mientras que el arte, por esencia, busca la pieza única, la exclusividad de la belleza como contraposición a lo cotidiano.
De la distinción básica entre ambas disciplinas, nace la configuración de los autores como entes sujetos a diferentes metodologías de trabajo. Así, el papel del diseñador comienza en su interpretación de la realidad. Es un visionario que ante un fin o problema, analiza el medio, busca respuestas objetivas y proyecta objetos útiles. Está subyugado a la ley máxima de la utilidad y la simpleza. Es mejor cuanto más y antes resuelve. Por su parte, el rol del artista empieza en su sensibilidad espiritual. Forma parte de la élite que es aclamada por el mensaje mismo y no por el fin al que sirve. No tiene mayor ley que el marco tangible en el que basa su obra. Su libertad es su esencia, esté o no sujeto a formas de mecenazgo. Es en la medida en que su creación le define.
Pero más allá de un reduccionismo simplista, la complejidad humana hace confluir arte y diseño. Los dos términos, claramente diferenciables, se hacen uno y pierden su sentido con el devenir del progreso. Ni todo hombre atiende a su psique ni todos se satisfacen con la cobertura básica de sus impulsos. Al contrario, el ser social crea como autodefensa el sentido de la propiedad y de ella deriva la idea del “yo” distinto como exaltación del individualismo. Obviando que la valoración social disímil entre diseñador y artista que provoca que muchos de los primeros quieran dotar a sus creaciones de señas de identidad que los encumbren, el punto de partida del actual dilema arte-diseño posee un origen económico.
Las causas: Diferenciación industrial como valor añadido
En un sistema de producción masiva, en serie, el valor monetario marca la diferencia. Cuando el producto, como objeto útil diseñado para la consecución de un fin, es tan reproducible como indiferenciado, la necesidad de una baza competitiva se hace presente. En la búsqueda del valor añadido, la idea de la estética caló en las mentes de los productores, desvirtuando el rol del diseñador. Ahora, el diseñador no crea en pro de la utilidad y la simpleza, crea para diferenciar, atentando, en muchas ocasiones, contra la esencia misma del objeto. El diseño tiende al arte, como si de un poema dadaísta se tratase, y la confusión social se pone en marcha.
El humano, como ser económico, involuciona de hombre a consumidor, a target, a público objetivo. Los productores enarbolan la diferenciación como meta última de su configuración. Los mecanismos de marketing detectan necesidades y crean productos para satisfacerlas, sin embargo, en su acción, han creado el nuevo vacío de la exclusividad como expresión del individualismo humano. La estética, al servicio de la industria, ahora es el valor añadido de la particularidad; es mercancía, objeto. Atrás quedó la contemplación como búsqueda del “yo”, la simplicidad como virtud, el hombre como caminante en su anhelo de la perfección personal. Ahora, el arte se establece como institución elitista. Ahora, los objetos definen a unos hombres que confunden el diseño con un patrón de tasación social. Ahora, cuando la realidad externa “de diseño” se vende como píldoras de satisfacción personal, el hombre, como sujeto, está más vacío que nunca.